.




jueves, 17 de agosto de 2017

La liebre y la tortuga



En el campo vivían una liebre y una tortuga. La liebre era muy veloz y se pasaba el día correteando de aquí para allá, mientras que la tortuga caminaba siempre con aspecto cansado, pues no en vano tenía que soportar el peso de su gran caparazón.

A la liebre le hacía mucha gracia ver a la tortuga arrastrando sus gordas patas, mientras que a ella le bastaba un pequeño impulso para brincar con agilidad. Cuando se cruzaban, la liebre se reía de ella y solía hacer comentarios burlones que por supuesto, a la tortuga no le parecían nada bien.

– ¡Espero que no tengas mucha prisa, amiga tortuga! ¡Ja, ja, ja! A ese paso no llegarás a tiempo a ninguna parte ¿Qué harás el día que tengas una emergencia? ¡Acelera, acelera!

Un día, la tortuga se hartó de tal modo, que se enfrentó a la liebre.

– Tú serás veloz como el viento, pero te aseguro que soy capaz de ganarte una carrera.

– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay que me parto de risa! ¡Pero si hasta una babosa es más rápida que tú! – contestó la liebre mofándose y riéndose a mandíbula batiente.

– Si tan segura estás – insistió la tortuga – ¿Por qué no probamos?

– ¡Cuando quieras! – respondió la liebre con chulería.

– ¡Muy bien! Nos veremos mañana a esta misma hora junto al campo de girasoles ¿Te parece?

– ¡Perfecto! – asintió la liebre guiñándole un ojo con cara de insolencia.

La liebre dando saltitos y la tortuga con la misma tranquilidad de siempre, se fueron cada una por su lado.

Al día siguiente ambas se reunieron en el lugar que habían convenido. Muchos animales asistieron como público, pues la noticia de tan curiosa prueba de atletismo había llegado hasta los confines del bosque. Una familia de gusanos, durante la noche, se había encargado de hacer surcos en la tierra para marcar la pista de competición. La zorra fue elegida para marcar con unos palos las líneas de salida y de meta, mientras que un nervioso cuervo se preparó a conciencia para ser el árbitro. Cuando todo estuvo a punto y al grito de “Preparados, listos, ya”, la liebre y la tortuga comenzaron la carrera. La tortuga salió a paso lento, como era habitual en ella. La liebre, en cambio, salió disparada, pero viendo que le llevaba mucha ventaja, se paró a esperarla y de paso, se burló un poco de ella.

– ¡Venga, tortuga, más deprisa, que me aburro! – gritó fingiendo un bostezo – ¡Como no corras más esto no tiene emoción para mí!

La tortuga alcanzó a la liebre y ésta volvió a dar unos cuantos saltos para situarse unos metros más adelante. De nuevo la esperó y la tortuga tardó varios minutos en llegar hasta donde estaba, pues andaba muy despacito.

– ¡Te lo dije, tortuga! Es imposible que un ser tan calmado como tú pueda competir con un animal tan ágil y deportista como yo.

A lo largo del camino, la liebre fue parándose varias veces para esperar a la tortuga, convencida de que le bastaría correr un poquito en el último momento para llegar la primera. Pero algo sucedió… A pocos metros de la meta, la liebre se quedó dormida de puro aburrimiento así que la tortuga le adelantó y dando pasitos cortos pero seguros, se situó en el primer puesto. Cuando la tortuga estaba a punto de cruzar la línea de meta, la liebre se despertó y echó a correr lo más rápido que pudo, pero ya no había nada que hacer. Vio con asombro e impotencia cómo la tortuga se alzaba con la victoria y era ovacionada por todos los animales del bosque.

La liebre, por primera vez en su vida, se sintió avergonzada y jamás volvió a reírse de la tortuga.

Moraleja: en la vida hay que ser humildes y tener en cuenta que los objetivos se consiguen con paciencia, dedicación, constancia y el trabajo bien hecho. Siempre es mejor ir lento pero a paso firme y seguro. Y por supuesto, jamás menosprecies a alguien por ser más débil, porque a lo mejor un día te hace ver tus propias debilidades.



domingo, 13 de agosto de 2017

La garza real



Un fresco día de verano, una elegante garza real salió de entre los juncos y se fue a pasear ¡Era un día perfecto para dar una vuelta y ver el hermoso paisaje!

Se acercó a la laguna y vio un pez que le llamó la atención. Era una carpa que jugueteaba alegremente entre las aguas.

– ¡Uhmmm! ¡Es una presa grande y sería muy fácil para mí atraparla! – pensó la garza – ¡Pero no!… Ahora no tengo apetito así que cuando me entre hambre, volveré a por ella.

La garza siguió su camino. Se entretuvo charlando con otras aves que se fue encontrando y más tarde se sentó un ratito a descansar. Sin darse cuenta, habían pasado tres horas y de repente, sintió ganas de comer.

– ¡Volveré a por la carpa y me la zamparé de un bocado! – se dijo a sí misma la garza.

Regresó a la laguna pero la carpa ya no estaba ¡Su deliciosa comida había desaparecido y ya no tenía nada que llevarse a la boca!

Cuando se alejaba del lugar, vio unos peces que nadaban tranquilos.

– ¡Puaj! – exclamó con asco la garza – Son simples tencas. Podría atraparlas en un periquete con mi largo pico, pero no me apetecen nada. Me gusta comer cosas exquisitas y no esos pececitos sin sabor y ásperos como un trapo.

Siguió observando la laguna y ante sus ojos apareció un pez pequeñajo y larguirucho con manchas oscuras en el lomo. Era un gobio.

– ¡Qué mala suerte! – se quejó la garza – No me gustan las tencas pero los gobios me gustan menos todavía. Me niego a pescar ese animalucho de aspecto tan asqueroso. Mi delicado paladar se merece algo mucho mejor.

La garza era tan soberbia que ningún pez de los que veía era de su gusto. Lamentándose, buscó aquí y allá alguno que fuera un bocado delicioso, pero no hubo suerte. Llegó un momento en que tenía tanta hambre que decidió conformarse con la primera cosa comestible que encontrara… Y eso fue un blando y pegajoso gusano.

– ¡Ay, madre mía! – dijo la garza a punto de vomitar – No me queda más remedio que tragarme este bicho horripilante. Pero es que estoy desfallecida y necesito comer lo que sea.

Y así fue cómo la exigente garza de pico fino, tuvo que dejar a un lado su actitud caprichosa y conformarse con un plato más humilde que, aunque no era de su agrado, le alimentó y sació su apetito.

Moraleja: muchas veces queremos tener sólo lo mejor y despreciamos cosas más sencillas pero que pueden ser igual de valiosas.



martes, 8 de agosto de 2017

Cuento de la lechera



Había una vez una niña que vivía con sus padres en una granja. Era una buena chica que ayudaba en las tareas de la casa y se ocupaba de colaborar en el cuidado de los animales.

Un día, su madre le dijo:

– Hija mía, esta mañana las vacas han dado mucha leche y yo no me encuentro muy bien. Tengo fiebre y no me apetece salir de casa. Ya eres mayorcita, así que hoy irás tú a vender la leche al mercado ¿Crees que podrás hacerlo?

La niña, que era muy servicial y responsable, contestó a su mamá:

– Claro, mamita, yo iré para que tú descanses.

La buena mujer, viendo que su hija era tan dispuesta, le dio un beso en la mejilla y le prometió que todo el dinero que recaudara sería para ella.

¡Qué contenta se puso! Cogió el cántaro lleno de leche recién ordeñada y salió de la granja tomando el camino más corto hacia el pueblo.

Iba a paso ligero y su mente no dejaba de trabajar. No hacía más que darle vueltas a cómo invertiría las monedas que iba a conseguir con la venta de la leche.

– ¡Ya sé lo que haré! – se decía a sí misma – Con las monedas que me den por la leche, voy a comprar una docena de huevos; los llevaré a la granja, mis gallinas los incubarán, y cuando nazcan los doce pollitos, los cambiaré por un hermoso lechón. Una vez criado será un cerdo enorme. Entonces regresaré al mercado y lo cambiaré por una ternera que cuando crezca me dará mucha leche a diario que podré vender a cambio de un montón de dinero.

La niña estaba absorta en sus pensamientos. Tal y como lo estaba planeando, la leche que llevaba en el cántaro le permitiría hacerse rica y vivir cómodamente toda la vida.

Tan ensimismada iba que se despistó y no se dio cuenta que había una piedra en medio del camino. Tropezó y ¡zas! … La pobre niña cayó de bruces contra el suelo. Sólo se hizo unos rasguños en las rodillas pero su cántaro voló por el aire y se rompió en mil pedazos. La leche se desparramó por todas partes y sus sueños se volatilizaron. Ya no había leche que vender y por tanto, todo había terminado.

– ¡Qué desgracia! Adiós a mis huevos, mis pollitos, mi lechón y mi ternero – se lamentaba la niña entre lágrimas – Eso me pasa por ser ambiciosa.

Con amargura, recogió los pedacitos del cántaro y regresó junto a su familia, reflexionando sobre lo que había sucedido.

Moraleja: a veces la ambición nos hace olvidar que lo importante es vivir y disfrutar el presente.





sábado, 5 de agosto de 2017

El zapatero y el millonario



Cuenta la historia que en una pequeña ciudad vivía un zapatero que siempre se sentía feliz. Dentro de casa tenía un humilde taller donde trabajaba sin descanso remendando zapatos y poniendo suelas a las botas de sus clientes. Era una labor dura pero él nunca se quejaba. Todo lo contrario, cantaba a todas horas de lo contento que estaba.

En la casa de al lado vivía un hombre muy rico pero que dormía poco y mal, porque en cuanto conseguía conciliar el sueño, se despertaba por los cantos del zapatero que le llegaban a través de la pared.

Cierto día, el vecino ricachón se presentó en casa del zapatero remendón.

– Buenas noches – le dijo.

– Buenas noches, señor – contestó sorprendido – ¿En qué puedo ayudarle?

– Venía a hacerle una pregunta. Veo que usted se pasa el día cantando, por lo que imagino que será un hombre muy feliz y afortunado. Dígame… ¿Cuánto dinero gana al día?

– Bueno… – respondió pensativo el zapatero – Si le soy sincero, gano lo justo para vivir. Con las monedas que me dan por mi trabajo compro algo de comida y por la noche ya no me queda ni una moneda para gastar ¡Es tan poquito que nunca consigo ahorrar ni darme ningún capricho!

– Vaya, pues quisiera ayudarle para que viva usted un poco mejor. Tenga, aquí tiene una bolsa con cien monedas de oro. Espero que con esto sea suficiente.

El zapatero abrió los ojos como platos ¡Era muchísimo dinero! Pensó que estaba soñando o que se trataba de un milagro. Después de darle las gracias al generoso y acaudalado vecino, levantó una baldosa que había debajo de su cama y escondió la bolsa en el agujero. Volvió a taparlo y se acostó.

Pero el zapatero no podía dormir. No hacía más que pensar que ahora era rico y tenía que estar alerta por si alguien entraba en su hogar para robarle las monedas. Esa noche y a partir de esa, todas las noches, daba vueltas y vueltas en la cama, con un ojo medio abierto vigilando la puerta y poniéndose nervioso en cuanto oía un ruidito ¡La tensión le resultaba insoportable! Como no dormía casi nada, se levantaba tan cansado que no le apetecía ni cantar. Dejó de ser el hombre alegre que trabajaba cada día con ilusión.

¡Pasadas dos semanas ya no pudo más! De un salto se levantó de la cama y cogió la bolsa de monedas de oro que tenía camufladas bajo la baldosa del suelo. Se puso un batín, unas zapatillas, y pulsó el timbre de la casa del vecino.

– Buenas noches, querido vecino. Vengo a devolverle su generoso regalo. Le estoy muy agradecido pero ya no lo quiero – dijo el zapatero al tiempo que alargaba la mano que sujetaba la bolsa.

– ¿Cómo? ¿Me está diciendo que no quiere el dinero que le regalé? – contestó sorprendido el millonario.

– ¡Así es, señor, ya no lo quiero! Yo era un hombre pobre pero vivía tranquilo. Me levantaba cada jornada con ganas de trabajar y cantaba porque me sentía satisfecho y feliz con mi vida. Desde que tengo todo ese dinero, vivo obsesionado con que me lo van a robar, no duermo por las noches, no disfruto de mi trabajo y ya no me quedan fuerzas. Prefiero vivir en paz a tener tantas riquezas.

Sin esperar la réplica, se dio media vuelta y regresó a su hogar. Se quitó el batín, se descalzó y se metió de nuevo en la cama. Esa noche durmió profundamente y con la sensación de haber hecho lo correcto.

Moraleja: no por ser más rico serás más feliz, ya que la dicha y el sentirse bien con uno mismo se encuentran en muchas pequeñas cosas de la vida.



martes, 1 de agosto de 2017

El ratón de campo y el ratón de ciudad



Érase una vez un ratón que vivía en el campo y cuya vida era muy feliz porque tenía todo lo que necesitaba. Su casita era un pequeño escondrijo junto a una encina; en él tenía una camita de hojas y un retal que había encontrado le servía para taparse por las noches y dormir calentito. Una pequeña piedra era su silla y como mesa, utilizaba un trozo de madera al que había dado forma con sus dientes.

También contaba con una despensa donde almacenaba alimentos para pasar el invierno. Siempre encontraba frutos, semillas y alguna que otra cosa rica para comer. Lo mejor de vivir en el campo era que podía trepar por los árboles, tumbarse al Sol en verano y conocer a muchos otros animales que, con el tiempo, se habían convertido en buenos amigos.

Un día, paseando, se cruzó con un ratón que vivía en la ciudad. Desde lejos ya se notaba que era un ratón distinguido porque vestía elegantemente y llevaba un sombrero digno de un señor. Comenzaron a hablar y se cayeron tan bien, que el ratón de campo le invitó a tomar algo en su humilde refugio.

El ratón de ciudad se sorprendió de lo pobre que era su vivienda y más aún, cuando el ratón de campo le ofreció algo para comer: unos frutos rojos y tres o cuatro nueces.

– Te agradezco muchísimo tu hospitalidad – dijo el ratón de ciudad – pero me sorprende que seas feliz con tan poco. Me gustaría que vinieras a mi casa y vieras que se puede vivir más cómodamente y rodeado de lujos.

A los pocos días, el ratón de campo se fue a la ciudad. Su amigo vivía en una casa enorme, casi una mansión, en un agujero que había en la pared del salón principal. Todo el suelo de su cuarto estaba enmoquetado, dormía en un mullido cojín y no le faltaba de nada. Los dueños de la casa eran tan ricos, que el ratón salía a buscar alimentos y siempre encontraba auténticos manjares que llevarse a la boca.

A hurtadillas, ambos se dirigieron a una mesa gigantesca donde había fuentes enteras de carne, patatas, frutas y dulces. Pero cuando se disponían a coger unas cuantas cosas, apareció un gato y los pobres ratones corrieron despavoridos para ponerse a salvo. El ratón de campo tenía el corazón en un puño. ¡Menudo susto se había llevado! ¡El gato casi les atrapa!

– Son gajes del oficio – le aseguró el ratón de ciudad – Saldremos de nuevo a por comida y luego te convidaré a un gran banquete.

Así fue como volvieron a salir a por provisiones. Se acercaron sigilosamente a la mesa llena de exquisiteces pero ¡horror! … Apareció el ama de llaves con una gran escoba en su mano y empezó a perseguirles por toda la estancia dispuesta a darles unos buenos palos. Los ratones salieron disparados y llegaron a la cueva con la lengua fuera de tanto correr.

– ¡Lo intentaremos de nuevo! ¡Yo jamás me rindo! – dijo muy serio el ratón de ciudad.

Cuando vieron que la señora se había ido, llegó el momento de salir de nuevo a por comida. Al fin consiguieron acercarse a la mesa no sin antes mirar a todas partes. Hicieron acopio de riquísimos alimentos y los prepararon para comer.

Con las barrigas llenas se miraron el uno al otro y el ratón de campo le dijo a su amigo:

– Lo cierto es que todo estaba delicioso ¡Jamás había comido tan bien! Pero voy a decirte algo, amigo, y no te lo tomes a mal. Tienes todo lo que cualquier ratón puede desear. Te rodean los lujos y nadas en la abundancia, pero yo jamás podría vivir así, todo el día nervioso y preocupado por si me atrapan. Yo prefiero la vida sencilla y la tranquilidad, aunque tenga que vivir con lo justo.

Y dicho esto, se despidieron y el ratón de campo volvió a su modesta vida donde era feliz.

Moraleja: si el tener muchas cosas no te permite una vida tranquila, es mejor tener menos y ser feliz de verdad.



miércoles, 26 de julio de 2017

El león y el ratón



Érase una vez un león que vivía en la sabana. Allí transcurrían sus días, tranquilos y aburridos. El Sol calentaba tan intensamente, que casi todas las tardes, después de comer, al león le entraba un sopor tremendo y se echaba una siesta de al menos dos horas.

Un día como otro cualquiera estaba el majestuoso animal tumbado plácidamente junto a un arbusto. Un ratoncillo de campo que pasaba por allí, se le subió encima y empezó a dar saltitos sobre su cabeza y a juguetear con su gran cola. El león, que sintió el cosquilleo de las patitas del roedor, se despertó. Pilló al ratón desprevenido y de un zarpazo, le aprisionó sin que el animalillo pudiera ni moverse.

– ¿Cómo te atreves a molestarme? – rugió el león enfadado – Soy el rey de los animales y a mí nadie me fastidia mientras descanso.

– ¡Lo siento, señor! – dijo el ratón con un vocecilla casi inaudible – No era mi intención importunarle. Sólo estaba divirtiéndome un rato.

– ¿Y te parece que esas son formas de divertirse? – contestó el león cada vez más indignado – ¡Voy a darte tu merecido!

– ¡No, por favor! – suplicó el ratoncillo mientras intentaba zafarse de la pesada pata del león – Déjeme ir. Le prometo que no volverá a suceder. Permita que me vaya a mi casa y quizá algún día pueda agradecérselo.

– ¿Tu? ¿Un insignificante ratón? No veo qué puedes hacer por mí.

– ¡Por favor, perdóneme! – dijo el ratón, que lloraba desesperado.

Al ver sus lágrimas, el león se conmovió y liberó al roedor de su castigo, no sin antes advertirle que no volviera por allí.

Pocos días después, paseaba el león por sus dominios cuando cayó preso de una trampa que habían escondido entre la maleza unos cazadores. El pobre se quedó enredado en una maraña de cuerdas de la que no podía escapar. Atemorizado, empezó a pedir ayuda. Sus rugidos se oyeron a kilómetros a la redonda y llegaron a oídos del ratoncillo, que reconoció la voz del león. Sin dudarlo salió corriendo en su auxilio. Cuando llegó se encontró al león exhausto de tanto gritar.

– ¡Vengo a ayudarle, amigo! – le susurró.

– Ya te dije que alguien como tú, pequeño y débil, jamás podrá hacer algo por mí – respondió el león aprisionado y ya casi sin fuerzas.

– ¡No esté tan seguro! No se mueva que yo me encargo de todo.

El ratón afiló sus dientecillos con un palo y muy decidido, comenzó a roer la cuerda que le tenía inmovilizado. Tras un buen rato, la cuerda se rompió y león quedó libre.

– ¡Muchas gracias, ratón! – sonrió el león agradecido – Me has salvado la vida. Ahora entiendo que nadie es menos que nadie y que cuando uno se porta bien con los demás, tiene su recompensa.

Se fundieron en un abrazo y a partir de entonces, el león dejó que el ratoncillo trepara sobre su lomo siempre que quisiera.

Moraleja: nunca hagas de menos a nadie porque parezca más débil o menos inteligente que tú. Sé bueno con todo el mundo y los demás serán buenos contigo.



sábado, 22 de julio de 2017

El hombre que se creía sabio



Vivía en Madrid un hombre al que todos consideraban un zoquete, pero que era inmensamente rico. Su casa era un palacete rodeado de jardines en el centro de la capital. Cualquiera que llegaba a esa mansión, con sólo echarle un vistazo a la fachada, imaginaba que alguien muy importante y distinguido vivía allí.

Una vez dentro, cada salón era más grande y ostentoso que el anterior. Enormes lámparas de cristal colgaban de los techos y exquisitos muebles llenaban todos los espacios. Estaba claro que el dueño no había escatimado dinero en construir una de las mejores casas del país.

Un día, un amigo le visitó. Recorrió todas las estancias y con cierta extrañeza, le hizo un comentario que le descolocó.

– ¡Tienes una casa impresionante! Se nota que has mandado traer magníficos objetos y las mejores antigüedades de los más recónditos lugares del mundo, pero no he visto ni un solo libro en toda la casa… ¿Cómo es posible que no tengas una buena colección? – dijo enarcando las cejas con gesto de sorpresa – Los libros son los mejores maestros que existen, pues resuelven todas las dudas, abren la mente a nuevas ideas y nos acompañan toda la vida.

– Tienes razón – respondió el hombre rico, pensativo – ¿Cómo es que no se me ha ocurrido antes?

– Bueno… Todavía estás a tiempo. Tienes espacio de sobra para construir una librería y llenarla de libros interesantes.

– ¡Sí, eso haré! Ahora mismo mando llamar al mejor ebanista de la ciudad para que haga una librería de madera pulida a lo largo de toda la pared del salón principal. Después, me ocuparé de comprar por lo menos doce mil libros que abarquen todos los temas, desde las ciencias a la astronomía, pasando por el arte, la cocina y los viajes ¡Que no se diga que no soy un hombre culto!

Pasaron los días y los enormes estantes estuvieron perfectamente terminados ¡Ya sólo le faltaba colocar en ellos los libros!

– Uf, qué pereza tener que ir a comprar tanto libro… – pensó el dueño de la casa – ¿No será mejor poner libros falsos? En realidad, van a quedar igual de bien y adornarán estupendamente el salón.

Lo pensó durante un rato y al final se decidió.

– ¡Sí, eso haré! Avisaré al pintor que suele trabajar para mí y le diré que coja tacos de madera de diferentes tamaños, que los recubra con piel y luego escriba uno a uno, con letras doradas, el título de los libros más importantes de la literatura antigua y moderna ¡Parecerán tan reales que nadie notará la diferencia!

Tres meses después, el pintor había concluido su trabajo. El dueño de la casa pensó que la obra había quedado tal y como él quería. Uno podía acercarse a tres centímetros y no darse cuenta de que los libros eran de mentira.

– ¡Qué elegantes quedan en mi salón!– se enorgullecía – No falta ni un libro importante, están todos aquí.

Tan satisfecho se sentía, que una y otra vez hacía un repaso de todos los tomos, hasta el punto que se aprendió todos los títulos de memoria.

– ¡Fantástico! Conozco todos los libros que tengo en la librería. Ahora no soy solamente un hombre rico, sino un hombre sabio.

Y aquí termina la historia de este hombre, rico pero memo, al que en realidad, aprender le daba lo mismo. No fue más sabio por saberse los títulos, sino más ignorante por despreciar todo lo que en ellos se aprende.

Moraleja: la verdadera sabiduría se adquiere leyendo las cosas que a uno le interesan y le aportan ideas y nuevos conocimientos.