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martes, 9 de febrero de 2016

Las dos adivinas - Jean de la Fontaine



Del azar nace casi siempre la opinión de las gentes, y esa opinión es la que forma el concepto en que se tiene a las personas. Muchos ejemplos pudiera alegar; en el mundo todo es preocupación, cábala y encaprichamiento, justicia, poco o nada. Esta es la corriente. ¿Quién se opone a ella? Siempre fue lo mismo, y lo mismo será siempre.

Había en París una mujer, que hacia de Pitonisa. A cada momento iban a consultarla. Una porque, había perdido un dije; otra, porque tenía un amante o porque su marido bebía demasiado; un marido, porque tenía mujer celosa; un hijo, porque su madre era muy severa y gruñona; todos corrían a casa de aquella sibila para que les pronosticase lo mismo que deseaban. Toda la ciencia de la adivina consistía en perspicacia y astucia. Algunas frases cabalísticas, mucha osadía y la casualidad algunas veces, concurrían para hacer creer en estupendas profecías, y de esta manera se hacía pasar por un oráculo. El oráculo estaba encerrado en un chiribitil, y allí ganó tanto dinero, que sin contar con otros recursos compró un empleo para su marido, y casa decente donde vivir.

Ocupó el chiribitil otra inquilina, a quien toda la ciudad, chicos y grandes, hombres y mujeres, iban a preguntar, lo mismo que antes, la buenaventura, de modo que aquel camaranchón, acreditado por la dueña anterior, viose convertido en otro antro de la Sibila. Su nueva huéspeda no podía quitarse la gente de encima.-“¡Yo adivina! Exclamaba, ¡os burláis de mí! Si no se leer ni escribir. Trabajo me ha costado aprender el Padrenuestro.” Pero no atendían razones. Tuvo que resignarse, que pronosticar y predecir, y llenar la bolsa de doblones, y ganar a la fuerza más que cuatro abogados. El aspecto y mueblaje de la casa contribuían al éxito. Cuatro sillas cojas, un mango de escoba, todo olía a sábado y a aquelarre. Si aquella buena mujer hubiese dicho verdades como puños en un aposento bien tapizado, nadie le hubiera creído. El prestigio estaba en el chiribitil. La otra adivina se hundió.

La muestra y el rótulo aseguran la parroquia. He visto en los tribunales una toga mal puesta ganar mucho dinero. Habíala tomado la gente por el letrado A o B, que era en el foro campana gorda.


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