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sábado, 6 de febrero de 2016

Un animal en la luna - Jean de la Fontaine



Asegura un filósofo que nos inducen a error nuestros sentidos; sostiene otro que nunca nos engañan. Tienen razón entrambos: la filosofía está en lo cierto al decir que los sentidos son falaces cuando fundamentamos en ellos nuestros juicios; pero, si rectificamos la imagen del objeto, atendiendo a la distancia, al medio que la rodea, si rectificamos la imagen del objeto, atendiendo a la distancia, al medio que la rodea, al órgano que lo percibe y al instrumento que lo auxilia, los sentidos no nos chasquearán. La naturaleza lo ordeno todo sabiamente: en otra ocasión diré el por qué. Veo el sol: ¿cuál es su forma? Desde aquí abajo, el enorme astro no tiene más que tres palmos de circunferencia; pero si se le viese allá arriba, en su propia esfera, ¡Cuan grande aparecería a mi vista ese ojo del universo! La distancia me hace formar idea de su magnitud: el cálculo del ángulo y sus lados la determina. El ignorante cree que el sol es llano, como un plato; yo, con el estudio lo veo esférico. Hago más: lo detengo en el cielo, y mientras permanece inmóvil, la tierra gira en torno suyo. De modo que desmiento a mis propios ojos: la ilusión visual deja de engañarme. Mi razón, en todos, los casos, descubre la verdad oculta bajo la apariencia, separándose de mis ojos, demasiado prontos quizás, y de mis oídos, demasiado tardos. Cuando se dobla el palo, que introduzco en el agua, mi inteligencia lo endereza. La inteligencia lo decide todo en definitiva. Con su auxilio, jamás me ilusionan mis pupilas, aunque siempre están mintiéndome. Si hubiese de juzgar por lo que me hacen ver, creería que la luna tiene cara de vieja. Eso, ¿Puede ser? No. ¿De dónde proviene, pues, tal ilusión? Las desigualdades del disco lunar producen ese efecto. La luna no tiene lisa la superficie: monstruosa en unos puntos, llana en otros, las sombras y resplandores figuran a veces un hombre, un buey o un elefante. En tiempos de antaño ocurrió algo de eso en Inglaterra (1).

Dispuesto y apuntado el telescopio, apareció un nuevo animal en el disco de la luna. ¡Que sorpresa para todos! ¿Habría ocurrido en aquel astro algún cambio precursor de terrible cataclismo? Quizás la guerra que había estallado entre poderosas naciones, era consecuencia de él. Acudió el monarca; como corresponde a un rey, protegía estos sublimes estudios. Y también pudo ver el rey aquel monstruo, fijo en el disco lunar. ¿Y qué era? Un ratoncillo, que se había metido entre los lentes del telescopio. ¡Aquel era el pronóstico y el origen de la tremenda guerra! Todos soltaron el trapo a reír. ¡Nación dichosa! ¿¡Cuándo podrán los franceses dedicarse por completo, como ella, a útiles tareas (2)!?Marte nos da abundante cosecha de gloria: teman nuestros enemigos los combates busquémoslos nosotros sin miedo, seguros de que la victoria, amante de Luís (3) le seguirá siempre. Célebre le harán en la historia sus laureles. Tampoco nos han abandonado las musas; disfrutamos sus delicias. Deseamos la paz; pero no hasta el punto de suspirar por ella. Carlos (4) sabe disfrutar sus goces: sabría también distinguirse en las lides, conduciendo a Inglaterra a los bélicos ejercicios de los que hoy es pacifica espectadora. Pero, si pudiese apaciguar la contienda ¡Cuánto aplauso alcanzaría! No habría gloria digna de el. La misión de Augusto ¿No fue tan noble y digna como la del Cesar? ¿Cuando vendrá la paz, y nos dejara entregarnos a las artes, como tú, pueblo dichoso?

(1) Atribuyose a un astrónomo de la Sociedad Real de Londres el burlesco incidente que dio motivo a Lafontaine para las reflexiones sobre los errores de nuestros sentidos de los que habla esta fabula.

(2) Inglaterra estaba en paz con todas las naciones, mientras que la Francia batallaba con Holanda, Alemania y España

(3) Luís XIV de Inglaterra

(4) Carlos II de Inglaterra.


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