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martes, 6 de octubre de 2015

Esopo y los animales - Jose Joaquín Fernandez de Lizardi



Esopo, aquel excelente
e ingenioso fabulista,
de cuyo talento tienen,
hasta los niños, noticia,
a mudar temperamento
fue un día a cierta quinta
que de animales estaba
con abundancia provista.
Y, según dicen, Esopo
tuvo la prerrogativa
de comprender de los brutos,
el habla o lengua natía;
y para él, por tanto, era
ocupación divertida,
oir de los animales
las pláticas peregrinas.
Una vez oyó que todos
de su suerte maldecían,
y que todos envidiaban,
de sus colegas, la vida.
Clamaba el Corcel: ¡Quién fuera
Carnero! ¡Por vida mía!
Este afortunado logra,
en buena caballeriza,
existencia deliciosa,
muelle, olgazana y tranquila.
Come y bebe, y mucho ronca
sin hacer cosa maldita;
mientras yo, ¡pobre de mí!
o voy cargando la timba
de mi ridículo dueño,
o me paso muchos días
en una argolla amarrado.
Por su parte, profería
el Carnero amargas quejas:
del Caballo tiene envidia.
-¡Oh, dice, qué vida pasa
este flojón! Bien lo cuidan,
lo engalanan y pasean,
lo bañan y lo acarician,
lo calzan, ...... y la cebada
con diligencia le limpian.
A fe que a mí, prisionero
siempre en esta bartolina,
nadie me halaga, y me arrojan
con desprecio la comida.
Y en lugar de que me aliñen,
y en lugar de que me vistan,
la poca lana que tengo,
cuando quieren, me la quitan.
Dice el Asno: Si yo fuera
Cochino, me pasaría
largas horas regaladas,
sin esa labor contínua
que de mí exigen, a trueque
de una pastura mezquina.
-Y si yo fuera jumento,
clama el Puerco, gozaría
lnás libertad, más salud,
y también más larga vida.
El Gorrión, por otra parte;
envidiaba a la Gallina;
y el Mastín, al Falderillo,
En fin, en fin, daba grima
ver a todos devorados
por el fuego de la envidia,
Esopo que escuchó todo,
y que todo lo entendía
dijo al Caballo en la oreja:
-El Carnero, cuya vida
tanto anhelas, será pronto
pábulo de mi barriga.
Al Cordero dijo: Advierte
que ese Caballo que admiras,
sufre el acicate y freno
que mucho lo mortifican;
con el peso de mi cuerpo
largas horas se fatiga,
y al fin morirá en campaña
acribillado de heridas.
Al Asno dijo: Del Cerdo,
por cuya vida suspiras,
dentro de pocas semanas
verás la sangre en morcillas.
Al Gorrioncillo aconseja:
No envidies a la Gallina,
pues la verás esta noche
en un asador bien frita;
y si yo te concediera
la libertad a que aspiras,
fueras manjar desde luego
de algún ave de rapiña.
Así, pues, todos supieron
la suerte que correrían
si unos con otros cambiaban
su estado. No obstante, brinda
Esopo a todos su ayuda
para que muden de vida;
y, cortés, suplica a todos
que, lo que quieran, le digan.
Todos callaron. Ninguno
desde entonces solicita
trocar con otro su suerte,
y contentos hasta el día
con la suya, viven libres
de temores y de envidias.

Así el hombre viviera,
si la suerte que en vidia conociera.


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