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lunes, 7 de marzo de 2016

Las ranas pidiendo rey - Jean de la Fontaine,





Cansáronse las ranas de vivir en República, y tanto clamaron, que Júpiter les dio la monarquía que solicitaban. Hizo caer del cielo un rey tan pacífico, que no podía serlo más. Pero produjo tal estruendo al caer, que aquella gente anfibia, medrosa y asustadiza por demás, e ocultó corriendo bajo del agua, entre los juncos y las cañas, en el fondo y los escondrijos del estanque, sin atreverse en mucho tiempo a mirar cara a cara a quien juzgaban terrible gigantón.

El gigantón no era más que un poste, que asusto a la primera rana que se atrevió a salir de su madriguera; pero al poco rato, se acercó, temblando todavía, y como otra la siguiese, y otra después, reuniose un tropel de aquellos tímidos animalejos, y perdiendo el miedo, saltaron en fin familiarmente, sobre el temido monarca. Su majestad lo consintió sin dar señales de vida; y en el acto comenzó Júpiter a oír nuevos clamores.

“Dadnos, decía el pueblo de la charca, un rey de veras,”y el rey de los Dioses envióles una voraz grulla, que incontinenti comenzó a atrapar y engullir súbditos a su antojo.

¡Que lamentos entonces los de las ranas! Pero Júpiter les contestó: “Basta ya de veleidades. ¿Ha de estar acaso pendiente mi voluntad de vuestro capricho? Debisteis conservar vuestro primer gobierno; y en caso de mudanza, daros por contentas de que vuestro rey fuese pacífico y manso. Puesto que aquél no lo quisisteis, aguantas ahora a éste, aunque no más sea por miedo a que os envié otro peor.”


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domingo, 6 de marzo de 2016

El águila y el búho - Jean de la Fontaine



El águila y el búho pusieron fin a sus querellas y se dieron un abrazo. Juró cada cual respetar los polluelos del otro. “¿Conocéis a los míos?” Pregunto el ave de Minerva.

-No, contestó el águila.

-¡Malo! Replico el pájaro fúnebre: temo por su pellejo; milagro será que se salven. Como sois rey, en nada reparáis: los monarcas y los dioses todo lo miden por el mismo rasero. ¡Adiós mis hijuelos, si dais con ellos!

-Enseñádmelos, o explicadme cómo son, y estad seguro de que no he de tocarlos.

-Mis polluelos son bonísimos, gallardos, elegantes: no los hay más lindos en todo el reino de las aves. Con estas señas no podéis desconocerlos. Recordadlas bien-.

Tuvo cría el Búho, y una tarde que estaba de caza, atisbó nuestra Águila en el hueco de una roca o en el agujero de una pared ruinosa- que de ello no estoy seguro-unos animalejos monstruosos, repugnantes, de aire hosco y voz chillona.

“No pueden ser éstos los hijos de mi camarada, dijo el Águila; adentro pues.” Y los engullo sin más ni más.

Al volver a su casa el Búho, sólo encontró las patas. Quejose a los Dioses, pidioles que castigasen al bandido causante de sus desgracias, y alguien le dijo. “Cúlpate a t mismo, o por mejor decir a la ley natural que nos hace ver a los nuestros hermosos, esbeltos y encantadores. Ese retrato hiciste al Águila de tus hijos: ¿cómo había de reconocerlos?”



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sábado, 5 de marzo de 2016

El oso y los dos camaradas - Jean de la Fontaine



Dos camaradas, viendo escurrida la bolsa, vendiéronle a un vecino pellejero la piel de un oso. El oso aún estaba vivo, pero lo matarían enseguida: así, a menos, lo dijeron.

¡Que oso aquel! El rey de los osos, según ellos. Su piel haría la riqueza del mercader; ni el frío más glacial la traspasaba; no un capotón, dos capototes podrían ser forrados y guarnecidos con ella.

Dentro de dos días ofrecieron entregarla, y convenido el precio, pusiéronse al acecho.

A poco, ven venir al oso al trote: ni un rayo les hubiese causado más efecto. Ya no hay nada de lo dicho: se rescindirá el contrato. Trepa el uno a la copa de un árbol; el otro, más frío que un carámbano, échase vientre a tierra, y reprimiendo el aliento, hace la mortecina porque oyó decir que el oso no se ceba en cuerpos inmóviles y muertos.

El animal, haciendo el bobo, dio con aquel bulto, creyolo privado de vida, pero por mayor seguridad, se acerca, lo hociquea, lo vuelve y lo revuelve, oliendo aquellos puntos, por donde escapa el aliento.

“Vámonos, dice que ya hiede,” y se retira a la vecina selva.

Baja del árbol el otro cazador, corre al camarada y le felicita de que todo haya quedado en un buen susto.
-“Pero, ¿Qué te ha dicho al oído, cuando te zarandeaba entre sus manazas?
-Me ha dicho que para vender la piel del Oso, hay que matar al oso antes-.


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viernes, 4 de marzo de 2016

El asno cubierto con la piel del león - .Jean de la Fontaine,



Habiéndose cubierto un asno con la piel de un león, era temido en toda la comarca: animal tan medroso hacía temblar a los más valientes. Mas ¡ay! Asomó a lo mejor la punta de la oreja, y quedó el engaño bien patente. Vino entonces con la estaca un gañan, y los que no estaban advertidos del ardid, hacinase cruces al ver que un villano apaleaba a los Leones.

Mueve el ruido mucha gente, a la que sienta bien este apólogo: el traje y el equipo es el secreto de su importancia.


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jueves, 3 de marzo de 2016

El pastor y el León - Jean de la Fontaine



No son las fábulas tan triviales como parecen: en ellas, el animal más ínfimo nos sirve de maestro. La elección moral, severa y desnuda, nos aburre: el apólogo, con sus ficciones, nos la hace tragar mejor. Esas ficciones deben tener un doble objeto: agradar e instruir. Contar cuentos no más por contarlos, parece cosa baladí. Por eso, dando rienda suelta a su fantasía, han cultivado este género autores insignes. Han evitado todos la profusión de adornos y las prolijidades. No se encuentran en sus obras palabras demás. Fedro era tan sucinto, que hay quien por ello le crítica; Esopo era aún más Lacónico. Pero, sobre todos, cierto fabulista griego era extremado en esto del Laconismo: sus narraciones se encierran siempre en cuatro versos: si lo hizo bien o mal, díganlo los maestros. Veamos cómo trata un argumento que trato también Esopo: el uno saca a escena un pastor, el otro un cazador. He seguido su idea, aunque añadiendo algunos pormenores. Comencemos por la narración de Esopo.

Notó un pastor que faltaban ovejas a su cuenta, y quiso pillar al ladrón. Tendió lazos, cerca de una caverna; eran de los que se usan para cazar lobos, porque de éstos sospechaba. Antes de marchar de aquel sitio: “¡Oh Júpiter! exclamó, si haces que a mi presencia caiga el ladrón en estos lazos, de mis veinte becerros, te consagrare el más hermoso y rollizo”. Apenas hablo así, salió de la caverna un corpulento y terrible león. Escondiese el Pastor medio muerto, y así decía el desdichado: “¡Cuán poco sabe el hombre que lo pide!” Para encontrar al ladrón de mi rebaño, y verle prendido en esos lazos, te ofrecí un becerrillo, oh soberano del olimpo; ahora te ofrezco el mejor de mis bueyes si me lo quitas de delante”.

Así cuenta el caso el fabulista maestro; pasemos a su imitador.



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miércoles, 2 de marzo de 2016

El león y el cazador - Jean de la Fontaine





Un fanfarrón, aficionado a cazar, perdió un perro de excelente raza, y sospechó que estaría en el vientre de un león. Encontró a un zagal y le dijo: “Dirígeme a la morada del infame asesino, y verás cómo me la paga”- Hacia aquella montaña vive: todos los meses le pago el tributo de un cordero, y de esta manera voy y vengo por la campiña sin zozobra-. 

En esto, el León sale del bosque y se dirige a ellos con paso presuroso. El fanfarrón echa a correr, gritando “Júpiter, por piedad; dadme dónde esconderme.”

El valor sólo se prueba ante el peligro: muchos que lo provocan lenguaraces huyen vergonzosamente al verlo delante.


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martes, 1 de marzo de 2016

Febo y Boreas - Jean de la Fontaine





Febo y Boreas vieron a un viajero, que se había armado bien contra el mal tiempo. Era a la entrada de otoño, cuando son más necesarias las precauciones; tan pronto llueve como hace sol, y la brillante cinta de Iris avisa a los perspicaces que en esa estación no esta de más la capa. Nuestro hombre, pues, esperaba las lluvias, y se proveyó de un capotón fuerte y grueso. “Ha creído éste, dijo Boreas, que lo ha previsto todo: pero no ha pensado que, si comienzo a soplar, se irá al diablo su soberbia capa. Será cosa divertida sus apuros. ¿Queréis que comprobemos?”

-Apostemos, sin gastar tanta saliva, contesto Júpiter, quién de los dos arrancara más pronto ese abrigo a los hombros del satisfecho jinete. Comenzad vos: os permito oscurecer mis rayos-.

No hubo de insistir más, porque Boreas, en el acto, hinchosé como un globo, y haciendo un estrépito de mil diablos, silbó, bramó, sopló, y produjo tal huracán que por todas partes derribo casas y echó barcas a pique: ¡No más que por una capa! El jinete puso todo su ahínco en evitar que el viento hiciese presa en ella. Y esto le salvó. Boreas perdió el tiempo: cuanto más se esforzaba, mejor se defendía el combatido caballero, bien rollado con el capotón. Cuando el soplador perdió la partida Febo disipo el nublado, acarició e hizo entrar en calor al caminante, que al poco rato, sudando y trasudando, se despoja del ya molesto abrigo.

Más vale maña que fuerza. Lo que o pudieron violencias y furores, lógranlo suavidad y dulzura.


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